14 may. 2009

¡Aprendère a Eskrivir?




Si algo difícil es escribir y no saber hacerlo, practicar, leer, instruirse, sacar manías, secretos de grandes autores es una buena forma de aprender a aprehender, pero lamentable e indefectiblemente no alcanza, uno no consigue desarrollar una escritura poco más que decorosa. Envidio sanamente (¿se puede?), a todos aquellos que sin mucho esfuerzo logran reunir en unas líneas tantas ideas y pensamientos en forma tan natural y compleja. En lo que respecta a mi persona, intento en vano asimilar la mayor cantidad de vocabulario que anduviere por ahí, aunque veo ineficaz el esfuerzo que mi mente hace por aunar todas aquellas palabras ausentes en mi léxico. Cuando considero que mi escritura va a tomar cierto vuelo literario, cae abruptamente ante mi carencia intelectual, la misma no llega a franquear la medianía de la regularidad. En ocasiones me suelo preguntar, ¿Cómo llegar a escribir un libro? Nunca hallo una respuesta satisfactoria a una – quizás – exagerada pregunta, ya que se me hace, más que dificultoso llegar a escribir más de cuatro hojas. Siempre me recomendaron la práctica y estudiar bastante gramática para llegar a tener, los conceptos básicos de reglas y condiciones a seguir. Demás está decir que luego uno deberá poseer un poco de talento e inspiración, para tener la pericia necesaria y saber volcar al papel toda la teoría asimilada.
Se sobreentiende, que estas líneas forman parte de mi rutina expresiva para tratar de perfeccionar mi funesta escritura, intentar corregir la forma de conformar las ideas en frases legibles y claras para la comprensión, es la tarea que me atañe en este momento. Saber darle color a los monótonos relatos que acontecen, para intentar deleitar a quien los lee. Poder sacarle momentos de emoción y tristeza cuando tenga que haberlos es mi meta, remate y fin.
Sorprendiéndolos (eso espero), redactaré un breve cuento. Para empezar ya mismo con la práctica de la escritura. Una vez contados mis defectos, sabrán disculpar todos los “horrores” (¿u errores?), de mi obra. Dicho esto aclaro mi pensamiento, y trato de esforzarme al máximo para sacar a flote mi “labor”.


“La verdad, nunca me había subido a un barco. Era mi primera vez, como lo sería para la mayoría de la gente que allí se daba cita. Me habían advertido que los movimientos serian bruscos, ¡cómo no serlo!, si cierta vez en Mar del Plata me había quedado mirando con asombro las peligrosas inclinaciones que cierta embarcación hacia, y con solo contemplar las caras de angustia de las personas a bordo, dudaba de si alguna vez subiría a un transporte marítimo. Pero el ser humano siempre quiere adrenalina, urge constantemente por el peligro, asume el masoquismo como fuente de placer - ¿es placentero tener miedo? – por esto y mucho mas, es que accedí cierto día a sumirme en la desesperación que aquellos rostros revelaban en “mardel”.
En otra ciudad, pero con las mismas intenciones que antes tenía, resolví asumir los riesgos y subir a bordo de aquel navío, el cual poseía una estructura que, después de un análisis no muy exhaustivo parecía viable para el abordaje y la aventura. Quiero decir que no fui el único que se animo a tamaño desafío. Otros quizás con las mismas intenciones que yo de encontrar fuertes emociones, decidieron sumarse a la comitiva y aventurarse en la embarcación. Una vez a bordo, y con cierta relajación, fruto de la quietud que el mismo todavía presentaba, miraba como, fuera del navío brazos de familiares y amigos nos saludaban con cierta sonrisa en los labios. Adivinando quizás la zozobra a la cual nos haríamos acreedores, por haber subido a ese montón de maderas flotantes.
Con cierto recelo y mirando de reojo, vi como tras un visto bueno del capitán se puso en movimiento el buque, que con suaves vaivenes anticipaba en cierto modo las vibrantes inclinaciones a las cuales seriamos sometidos todos los allí embarcados. Cierto recorrido por las caras, me dio una imagen de lo que allí se vivía. Tensión en algunas, miedo en otras, pero por sobre todas las cosas la angustia de no saber lo que vendría, era la sensación colectiva en la que nuestros cuerpos estaban inmersos.
Transcurrido cierto tiempo, y como era previsible, se hicieron presentes los característicos vaivenes desmedidos, esos que uno vio en las películas, o mismo en vivo cuando advertí lo que pasó en la costa - ¿ya lo conte, no? - .Los movimientos se hicieron terribles, las oscilaciones se tornaron violentas, los desmayos se sucedían, unos tras otros. El miedo dominaba el aire del cual respirábamos, las bocas tapadas para evitar lo que uno ya sabe era lo único que se veía tan solo se mirará uno a uno todos los rostros que allí se localizaban.
De pronto cuando creía que le desvanecimiento se apoderaba de forma involuntaria de mi cuerpo, o una posible nausea desencadenaría en la expulsión de mi almuerzo, cesaron de pronto todas las terribles sacudidas y bamboleos a los que estábamos expuestos. En forma brusca se frenó el barco, y con mesurada tranquilidad bajamos todos de aquel infierno al que fuimos sometidos.
Fue en ese momento, y no en otro, que si mal no recuerdo decidí nunca más subirme e ese “JUEGO MECANICO DEL PARQUE DE LA COSTA”.

Luis Gabriel Bernardini

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